Le dicen Dictador. Es uno de las figuras del fútbol mundial.
Mbappé sabe insultar en castellano. También sabe referirse al tipo de partidos que le planteó Paraguay: si tienen que meter las manos en la mierda, dijo, lo hacen. Las sacaron limpias. Aunque con las marcas del esfuerzo. Francia tenía la pelota y avanzaba con exclusividad. Pero el partido se jugaba como había pensado Alfaro, que luego diría hasta que algunos de sus jugadores pasaron ocho meses sin conocer a sus padres. No todo tiene que ver con todo.
En 50 metros por 70 no pasaba nada y en los otros 50, pasaba de todo menos situaciones de peligro: agarrones, discusiones, mañas. El quiebre fue un penal que le hicieron a Doué, el menos titular de los franceses, y convirtió Mbappé, que lo festejó prendido al ida y vuelta al que lo invitaron los rivales. No se sabe cómo rendiría en la cancha de Olimpo de Bahía Blanca, pero por ahora no hay escenario que se le resista.
Africanos contra norteamericanos. En la historia mundialista, sólo dos veces se habían dado partidos de instancias eliminatorias sin europeos ni sudamericanos. Marruecos no jugó como para convertir tres veces. Tampoco jugó como venía haciéndolo. Incluso Canadá mejoró la imagen. Pero Bono es un arquero muy efectivo. Marruecos se transformó en algo así como el presente de lo que iba a ser el futuro. Se trata del mejor representante en los últimos años del continente africano; uno de los dos que quedan.
El otro es Egipto, la próxima parada de lo que parecía un viaje de egresados y se transformó en un vía crucis. Llegan noticias desde el campamento argentino. No se reportan víctimas. El tendal era de calambres. Los veintiséis estamos bien, es el mensaje. En un par de días, entonces, a demostrarlo.