Así en el Atlanta Stadium como en el Lusail.
Terminó la ansiedad y parecía que se terminaba todo. Todo lo que podía salir mal había salido peor: un gol abajo en la primera chance egipcia, el penal atajado nada menos que al capitán, un arquero que sacó todo en el mejor momento argentino del Mundial (y que nos hacía preguntar que si no era ahí, cuándo sería), el desequilibrio en el segundo tiempo, el gol anulado que se gritó como uno convalidado a favor pero enseguida otro, válido; todos la vimos fea, no sólo Leo. No por no confiar sino por pensar. Quizás ese haya sido el problema. Era un partido para sentir, no para razonar. Es una selección que hace sentir.
Cómo habrán quedado los jugadores si nosotros quedamos así. El post fue un tendal de argentinos exhaustos, afónicos, incrédulos. Acá y allá. Si el país siempre tuvo récord de psicólogos, ahora podría tenerlo de cardiólogos. Una eliminación en octavos de final no hubiese manchado el bronce del pasado, pero habría sido una decepción fuerte en el presente. Aun así, Argentina no merecía quedar afuera. En lo colectivo, además del rescate emocional del final, había tenido un muy buen tramo en el primer tiempo y, en lo individual, a un exuberante Paredes, un caudillo Romero y un siempre inteligente Tagliafico. Después tuvo a Messi.
Fue el día en que el máximo goleador de la historia de los mundiales se transformó también en uno de los máximos asistidores de la historia de los mundiales. Por lo menos así debió haber sido aunque la FIFA haya dado en contra el gol de Romero a Cabo Verde y eso le haya sacado una asistencia al 10. Mientras los compañeros saltaban, Messi lloraba. Los compañeros fueron a abrazarlo como se abraza a un amigo admirado. Esa es la magnífica doble cualidad que tiene: un genio y, a la vez, una persona normal. Por eso genera lo que genera. Divino y terrenal.