Mbappé parecía lesionado. Se estaba preparando para el próximo partido.
Francia se convirtió en la excelencia. Los jugadores que allí nacen tienen diferentes posibilidades de llegar a una selección dependiendo de su descendencia. Así es como fueron convocados 79 franceses en 12 seleccionados diferentes más allá de Francia. Por ejemplo, Haissem Hassan, quien enloqueció a Argentina para Argelia, nació en París. Claro, Hassan no jugaría en Francia: en su lugar juega Ousmane Dembélé. Los mejores siguen siendo de Les Blues. Issa Diop lo comprobó: fue parte de las juveniles francesas; de mayor, sin lugar en el embudo de calidad, eligió la selección marroquí. Tuvo vista privilegiada en el gol de Mbappé, el que abrió un resultado que hacía rato debía estar abierto.
Marruecos fue el del 2022. Replegado en su campo, el plan A fue defender y el B también. Sin diferencia con el planteo de la Paraguay de Alfaro. En los partidos anteriores, sobre todo contra Brasil, había salido a atacar. La cautela excesiva no parece la mejor idea: en algún momento Francia hace un gol. Mbappé convierte sin insinuarlo, sabemos de eso. Y Dembélé también tiene el síndrome del gol repentino.
El primer semifinalista del Mundial es, tal vez, el más lógico. Entre sus títulos de 1998 y 2018 tuvo baches, pero hoy manda. Equipo al servicio de las individualidades, irá contra España, donde las individualidades juegan en función del equipo, o contra Bélgica, que necesitaría que Pedro Sánchez haga lobby antes del partido para motivarse especialmente. Kansas City, mientras, espera por Argentina-Suiza y una nueva ola de compatriotas. Las victorias se festejan en las calles: las de Oslo, las de Ciudad de México con su desborde, las de París también. En Suiza ya avisaron que, si llegaran a ganar, tendrían una hora para celebrar. En Argentina también habría una hora, aunque para llegar al lugar donde empezar a festejar.