Hermosa para pegarle como viene.
En la plaza pública del down town de Dallas, el centro de la ciudad, hay verde de sobra y pelotas. Pelotas públicas, como la plaza: una de fútbol, una de vóley, otra multiuso. Nadie se interesa por la de fútbol; queda sola. Lo bueno es que, también por idiosincrasia, nadie se la lleva. Hay un Mundial televisado y otro Mundial en el lugar. Este depende de en qué lugar se viva el torneo. En Ciudad de México sobra el color; a su manera, inocente. En Miami sobra todo. En cada ciudad europea donde juega un europeo, luce recuperado el clima mundialista de siempre y, boicot mediante, faltó en Qatar. Donde juega Argentina, se llena de camisetas argentinas, aunque hasta que se entona el himno no se sabe cuántos son compatriotas y cuántos son los nuevos hinchas. Antes Brasil era la selección de los imparciales. Ya no.
Empezó la cuenta regresiva. El Mundial se nos empieza a escapar. Se puede cuantificar en partidos: pasó el primero de los 32 partidos que faltan. Canadá le ganó con justicia y de manera agónica a Sudáfrica, uno de los clasificados con poco a 16avos. El único vínculo que tiene Stephen Eustáquio con el país fue haber nacido en Ontario cuando sus padres portugueses se mudaron allí y haber vivido los primeros 7 años de su vida hasta que la familia entera regresó a Portugal. Hoy es más fácil detectar a todos aquellos que pueden ser seleccionables. En 2019 la Federación canadiense convenció a Eustáquio de que usara estos colores y una tarde de 2026 en Los Angeles, convirtió el gol de la clasificación a octavos de final, algo así como el más importante de la selección en su historia. El primero de los anfitriones, que había perdido la localía por salir segundo en su grupo, tiene asegurada casi una semana más. El gol generó una explosión. El partido no había tenido gran nivel, pero no hay nada que Infantino no pueda aprovechar: pronto dirá que, en Canadá, el fútbol empezará a pelear con el hockey sobre hielo el primer lugar de la popularidad.